“Sin importar el tamaño de la ciudad o pueblo en
donde nacen los hombres o las mujeres, ellos
son finalmente del tamaño de su obra, del
tamaño de su voluntad de engrandecer y
enriquecer a sus hermanos.”
Ignacio Allende
Militar insurgente mexicano

 

El 26 de junio de 1811, después de más de tres meses de suplicio, fueron pasados por las armas los héroes de la Independencia Ignacio Allende, Juan Aldama, Mariano Jiménez y Manuel Santamaría[1]. Caudillos del grupo de los Insurgentes que encabezaron el estallido revolucionario de 1810, en búsqueda de libertad, igualdad social, económica y política, y la soberanía nacional, anhelos que esperaban ver concretados en un nuevo país donde sus habitantes tendrían una mejor calidad de vida, mediante el reconocimiento, protección y respeto de los derechos fundamentales para su pueblo.

Luego del terrible derrota en Puente de Calderón, el 17 de enero de 1811 a mano de los realistas encabezados por Calleja, los insurgentes salieron de Guadalajara dirigiéndose al norte con la intención de llegar a EUA para obtener recursos materiales económicos para la lucha, en el camino experimentaron sed, frio, y escasez de alimentos, por lo que en Matehuala toman un descanso y después se dirigen a Saltillo, Coahuila, donde Miguel Hidalgo presionado por Allende y su grupo entrega los poderes de mando a Ignacio Allende las tropas, y a López Rayón lo nombra Jefe de la Revolución. Deciden continuar a Monclova, por lo que enviaron instrucciones al Jefe Insurgente en Coahuila Pedro Aranda, para proteger el camino de las Norias del Bajan donde pasarían, sin saber que Aranda había sido depuesto por Ignacio Elizondo quien quería controlar la región. La caravana avanzaba lentamente, el ejército llevaba múltiples enfermos, 24 cañones, 14 coches donde viajaban mujeres, clérigos seculares y religiosos, 300 mulas de carga con plata y oro, equipajes, pólvora, pertrechos, y no encontraban agua ni alimentos ni forraje para los animales lo que hacia la marcha penosa y con dificultad, al llegar el 21 marzo a las Norias de Baján, Elizondo les tendió una celada, fueron atacados y aprehendidos. Murió acribillado Indalecio Allende, hijo de Ignacio, se hicieron prisioneros a cerca de mil insurgentes, y los principales jefes fueron tomados prisioneros: Jiménez, Allende, Abasolo, Santamaria, coroneles y mandos medios, dos frailes y cuatro clérigos, el 22 de marzo llegan a Monclova donde velan el cuerpo de Indalecio y fusilan a varios, entre ellos al hermano de Hidalgo, pero otros como Allende, Aldama, Jiménez, Hidalgo y Santamaria les ponen grilletes y los llevan en mulas en un terrible y agonizante traslado a través del desierto, que duro más de un mes hasta Chihuahua, comiendo solo una vez al día carne seca y durmiendo en el suelo amarrados, casi desnudos. [2]

Se dice que a principios de abril, en la capital del país llegó el aviso de Félix María Calleja sobre la aprehensión de los principales insurgentes, y que el virrey Venegas, en evidente estado de júbilo, mandó echar a vuelo las campanas de los templos y lanzar salvas de artillería en señal del regocijo, unos días después, ordenó que los prisioneros fueran juzgados en Chihuahua por un consejo de guerra y que la sentencia fuera ejecutada sin pérdida de tiempo por el peligro que representaban y dispuso que las cabezas de los principales se llevaran a las poblaciones donde habían ejecutado sus principales crimines:

Se organizó la salida de los prisioneros que formaban la lista de caudillos que debían ser trasladados, entre ellos: Hidalgo, Allende, Santa María, Jiménez, Aldama, Lanzagorta, y Abasolo. En Monclova permanecieron muchos otros, que sin formación de causa fueron fusilados, o en el mejor de los casos, condenados a trabajos forzados en haciendas cercanas

Todo se inició a las seis de la mañana del 26 de junio. Cuando llegó el momento de cumplir la sentencia, “se oyeron toques de clarines, el redoblar de los tambores y las voces de mando que indicaban un gran movimiento de tropas, mientras las campanas de los templos con sus lúgubres tañidos anunciaban al vecindario de Chihuahua que los caudillos serían fusilados”. Sin quitarles los grilletes y las esposas, se condujo a los presos a la plaza de San Felipe. Ahí estaban listos los pelotones de ejecución, a sólo tres pasos de los banquillos donde serían sacrificados .[3]

Se indicó a cada héroe el banquillo donde debía sentarse. Tras vendarles los ojos, se les obligó a dar la espalda a sus verdugos. Cuando Pedro Armendáriz dio la orden, cuatro balas certeras asesinaron a los primeros insurgentes. Manuel Salcedo ordenó que a los cadáveres de Allende, Aldama y Jiménez se les cortara la cabeza. Los cuerpos fueron sepultados en el convento de San Francisco, después de haber sido expuestos a la curiosidad pública .[4]

El temple y la convicción de los principios y el compromiso con la lucha en la que se enfrascaron los insurgentes para la consecución de sus ideales se puede constatar en la réplica que Hidalgo y Allende dirigen desde Saltillo, a mediados de marzo de 1811, a la oferta de indulto, enviada a ambos por el general realista José de la Cruz, intermediario del virrey Venegas. Rechazando terminantemente la proposición y puntualizan “el indulto... es para los criminales, no para los defensores de la patria”, reafirman estar “resueltos a no entrar en composición alguna si no es que se ponga por base la libertad de la Nación y el goce de aquellos derechos que el Dios de la naturaleza concedió a todos los hombres; derechos verdaderamente inalienables”. Mostrando que pese a las condiciones adversas en las que se encontraban no claudicarían. [5]

Un mes y unos días más tarde, Hidalgo correría la misma suerte. Las cabezas de Hidalgo, Allende, Aldama y Jiménez fueron transportadas a Zacatecas, Lagos, y León. Finalmente, el 11 de octubre de 1811 llegaron a Guanajuato. Se colocaron dentro de jaulas de hierro, y éstas fueron colgadas en las cuatro esquinas de la Alhóndiga de Granaditas. Ahí estuvieron durante diez años[6]. Violándoles sus derechos a la vida, al respeto de su honra y al reconocimiento de su dignidad, pilar fundamental de los derechos humanos.

La muerte de los caudillos pioneros de la revolución de independencia, marco el paso a una segunda etapa de la guerra, a pesar de que fue un golpe duro, el ánimo de los insurgentes no decayó con estas muertes, su causa se había dispersado por todo el país pese a la difusión por parte de los realistas que el movimiento había terminado, pero Morelos ya estaba en pie de guerra y había logrado varias victorias y el movimiento continuo y triunfo. Los insurgentes murieron por los principios que defendieron: el nacimiento de una Nación, independencia política absoluta, soberanía popular, igualdad, y justicia.