“Viva la religión católica! ¡Viva Fernando VII! ¡Viva la patria y
viva y reine por siempre en este Continente Americano nuestra
sagrada patrona, la Santísima Virgen de Guadalupe! ¡Muera el
mal gobierno

Miguel Hidalgo y Costilla
Revolucionario

 

El alzamiento que derivó del grito de Dolores tuvo como antecedente inmediato a un grupo nutrido de conspiradores, a los que hoy apenas se recuerda. Antes del Grito de Dolores, se habían organizado diversos movimientos para exigir cambios en la entonces Nueva España, entre ellos encontramos las llamadas conspiraciones de Valladolid y Querétaro.

La Conspiración de Valladolid, (hoy Morelia) comienza en septiembre de 1809, en Michoacán, Contando como líder de dicha conspiración a José Mariano Michelena, Teniente del Regimiento de Infantería de Línea de la Corona, junto con el Capitán del Regimiento de Infantería de Valladolid José María García Obeso y el Fraile Franciscano Vicente de Santa María, entre otros. En su mayoría eran integradas por criollos de buena posición económica. Los conspiradores procuraban que cada reunión fuera muy discreta y aislada, para el caso de que alguna fuera descubierta o encubiertas como tertulia literaria y musical, Dentro de estas reuniones se abordaban dos aspectos en primer lugar, se planteaba que si España sucumbía ante el Ejército Francés, los americanos podrían resistir y conservar la Nueva España para el legítimo soberano, Fernando VII y en segundo lugar, que si por defender el reino se les perseguía, debían buscar los medios de protegerse y sostenerse. Se planeó que la conspiración se concretara el 21 de diciembre en Valladolid, pero lamentablemente el plan no llegó a realizarse debido a que uno de los participantes denunció la conjura y algunos de sus integrantes fueron reducidos a prisión.[1] Iturbide participó en la conspiración de Valladolid, pero se cuenta que al parecer, el mismo la denunció porque no se le dio el mando de la tropa

Tras el fracaso de la Conspiración de Valladolid, el siguiente gran movimiento que buscaba la independencia del país se desarrolló en Querétaro, en 1810. Con vínculos innegables a la de Valladolid ya que Mariano Michelena era amigo del corregidor Domínguez. Miguel Hidalgo era la cabeza de dicha conspiración ya que tenia muy clara la idea de derrocar al régimen, presentándose la oportunidad, con otro grupo de civiles de clase media, oficiales del ejército realista, y bajo la protección de Don Miguel Domínguez, Corregidor de dicha ciudad y, sobre todo, la intervención de su esposa Doña Josefa Ortiz de Domínguez. De igual forma las reuniones secretas se llevaban a cabo bajo el máximo sigilo. Al igual que en Valladolid, la máscara de las reuniones en la ciudad de Querétaro eran las veladas bohemias para compartir lecturas de autores y poetas dilectos, acompañadas de música y toda suerte de improvisaciones artísticas, y la principal: conspirar contra el gobierno Virreinal, sus integrantes se identificaban como socios de la Academia Literaria o "Los Apatistas" porque se les creía apáticos o despreocupados de todo lo que no fuera arte. Asistentes regulares eran: corregidor Domínguez y su esposa, doña Josefa Ortiz, Pedro Antonio de Septién Montero y Austri, el marqués de Rayas y el presbítero José María Sánchez (en cuya casa se hacían por lo general las reuniones), también asistían Juan N. Mier y Altamirano, Antonio Téllez, Mariano Lazo de la Vega, el Lic. Arellano, José I. Villaseñor, Epigmenio y Emeterio González, José Lozano, fray Anselmo Castillo, el Lic. Lorenzo de la Parra, José María Buenrostro, Manuel Delgado, Felipe Coria, Luis Mendoza, Manuel Prieto e Ignacio Pérez. Para evitar sospechas y evitar fisgones los conspiradores tenían al menos otros 14 domicilios, los cuales fueron utilizados en diferentes épocas, todos los participantes hacían "juramento de secreción y fidelidad".

El número de participantes en las juntas de 1808 a 1810 se dice que fueron hasta 105 personas, aunque otras estimaciones las sube a 400. En esta ocasión el primer acuerdo al que llegó la junta clandestina, fue la de enviar emisarios a los pueblos de la región, con la idea de formar juntas en dichas comunidades, para conspirar contra el régimen colonial. Por otro lado la idea era llevar a cabo un movimiento rápido, apresar a los españoles, y permanecer ahí hasta que el Ejército Insurgente tomara la capital del virreinato. Lamentablemente la conspiración de Querétaro fue denunciada, el 12 de septiembre, por el empleado de correos José Mariano Galván . [2]

Entre los conspiradores que fueron aprehendidos estaban los hermanos Emeterio y Epigmenio González Flores, y otro ciudadano de apellido Sámano. A los primeros se les acusó de fabricar armas y cartuchos para la causa insurgente y facilitar su casa para reuniones de los conspiradores. El español Francisco Bueras, denuncia ante el cura Rafael Gil de León que había acopio de armas en casa de Epigmenio González y un tal Sámano, el cura aviso al comandante García Rebolledo quien a su vez lo hizo saber al corregidor Domínguez para que cateara la casa y apresara al dueño si encontraba armas en ella. Al descubrirse detienen a Emeterio González (1781-1812) al haber encontrado en su casa documentos comprometedores y un arsenal, del que según dicen, se responsabilizó su hermano. Emeterio era participante activo de las reuniones y al parecer, fungía como secretario de las mismas. En el caso de Epigmenio (1778-1858) quien era uno de los más comprometidos con el levantamiento insurgente, lideraba la conspiración desde 1909. Con sus propios recursos compró materiales para elaborar cartuchos en la trastienda de su negocio. Tenía una tienda de abarrotes en la plaza de San Francisco y en la trastienda se daba a la tarea de hacer cartuchos y armas, como era comercio público la gente llegaba ahí sin despertar sospechas. Al realizarse el cateo de su tienda es aprehendido, enviado a la Ciudad de México y condenado al destierro, quedando en el lugar en espera de un barco para enviarlo a Filipinas. Pero Epigmenio tomo parte en la conspiración de Ferrer en la misma Ciudad de México por lo que nuevamente lo aprehendieron y enviaron a Acapulco encerrándolo en un calabozo en el castillo de San Diego, con grilletes en los pies, lo que lo dejo baldado para toda su vida. Fue enviado a Manila, sin recursos económicos; en 1821 al consumarse la Independencia, permaneció en Filipinas, debido a que ese territorio todavía dependía de España. Fue hasta 1838, dos años después de firmarse el Tratado de México con España, cuando Epigmenio pudo regresar a México radicó en Guadalajara, donde trabajo como velador de la Casa de Moneda, murió a los 77 años el 19 de julio de 1858 cuando la guerra de Reforma estaba en su apogeo. Los hermanos González al ser detenidos e interrogados nunca denunciaron a ninguno de los asistentes a las reuniones de conspiración: a los corregidores Domínguez, ni Allende, Aldama, José María Sánchez y otros que ocasionalmente llegaban desde Taxco y Tepecuacuilco