“Ese día vinieron los que habían de ser los nuevos habitadores, y por
mandato de la Audiencia Real fueron aquel día ayuntados muchos
indios de las provincias y pueblos comarcanos, que todos vinieron
de buena gana para dar ayuda a los cristianos, lo cual fue cosa muy
de ver, porque los de un pueblo venían todos juntos por su camino
con toda su gente, cargada de los materiales que eran menester,
para luego hacer sus casas de paja.”

Fray Toribio de Benavente
Misionero franciscano

Fray Toribio Paredes o de Benavente es más conocido con el nombre de Motolinía, palabra de origen náhuatl que significa “pobre”. Su padre, de apellido Paredes, al parecer estaba relacionado de alguna forma con los condes de Benavente, villa de Zamora, España. Poco sabemos de la infancia de este ilustre zamorano, ni siquiera la fecha de su nacimiento, pero fue uno de “los doce apóstoles de México” [1], y un gran humanista que comprendió a los indígenas y los defendió.

Al parecer, Motolinía tenía alrededor de 17 años cuando ingresó a la orden franciscana volviéndose un fray o hermano de congregación. Ahí hizo amistad con fray Martín de Valencia, y junto a él viajó hacia tierras novohispanas con la intención de encausar hacia dios a las almas pérdidas que, en la concepción católica, habitaban en el Nuevo Mundo, es decir, de cristianizarlos o educarlos enseñándole los evangelios, evangelizarlos.

Así, fray Toribio de Benavente, misionero, predicador y confesor, formó parte del grupo de los doce frailes que desembarcaron en San Juan de Ulúa, Veracruz, el 13 de mayo de 1524. Tras descansar en Tlaxcala, tomaron el camino a la antigua Tenochtitlan dando muestras de humildad: a pie y descalzos, en harapos y sin carga. Ahí los recibió Hernán Cortés, quien con sus soldados se arrodilló ante ellos, ordenando hacer lo mismo a los indios y caciques presentes ―entre ellos, Cuauhtémoc[2]―. El grupo recién llegado seguía la línea de la renovación franciscana, un movimiento reformista interno que pretendía volver a la experiencia original de Francisco de Asís, ajena a los lujos, horizontal en las relaciones con los seres vivos, y amante de la naturaleza. Así, el voto de humildad y pobreza era sumamente valorado por ellos. Según cuenta la historia, cuando los tenochcas los vieron exclamaron “¡Motolinía! ¡Motolinía!”. Cuando fray Toribio preguntó el significado y le dijeron que era “pobre”, decidió adoptarlo la palabra como seudónimo. Esta actitud de los frailes fue un elemento clave en la primera impresión de los indígenas, quienes los respetaron desde el inicio y llegaron a estimarlos por el modo como los trataban, sin superioridades. Ese corazón abierto a la comprensión y no al prejuicio hizo que fray Toribio y sus compañeros se compenetraran con los indígenas, asumiendo su defensa ante las autoridades novohispanas y españolas. Tanto él como fray Martín de Valencia, sufrieron persecuciones por esta labor[3].

Benavente escribió diversas obras para dar a conocer la historia, costumbres y vida cotidiana de los indígenas mexicanos, particularmente de la zona del Anáhuac, el México central. Entre ellas destaca Historia de los indios de la Nueva España. La inició en 1536, pero se publicó hasta 1848, no completa ―la primera edición íntegra fue en 1858―. Es una especie de crónica espiritual acerca de la tradición e historia indígena previa a la conquista española y el choque de las culturas originarias del momento ante las nuevas ideas y formas de los conquistadores, y ante el proceso de conversión evangelizadora. La otra obra importante es Memoriales escritos por Motolinía. Ante ambas, los investigadores han entrado en cierta polémica: al parecer, se complementan, dialogan entre ellas, repiten partes. Se cree que, quizás, eran borradores de una obra más extensa: abarcaría de1521 a 1541[4], pero se ha perdido.

Fray Toribio de Benavente falleció en el Convento Grande de San Francisco de México en la Ciudad de México, el 9 de agosto de 1569[5], donde fue enterrado. Desde su llegada a la Nueva España hasta su muerte recorrió el territorio bajo el amparo de su congregación evangelizando, convirtiendo a los indios al catolicismo. Sin embargo, también documentó la historia de este proceso[6] y registró la memoria y costumbre indígena, levantando un testimonio único y siendo con ello uno de los cronistas más relevantes de la época. fundamental para comprender y dar a conocer las culturas nativas y sus lenguas. Con su ejemplar labor participó en el nacimiento de una nueva nación, conjunción de dos razas y dos culturas: la nación mexicana.