"Rosario escribía diez páginas diarias en la madrugada al levantarse y decía que un escritor sin disciplina jamás llega a serlo. También jerarquizaba sus lecturas con severidad, de suerte que toda su vida era un fervor"
Elena Poniatowska
Cronista, ensayista, narradora y periodista
 

Rosario Castellanos nació el 25 de mayo de 1925 en la Ciudad de México, siendo una de las escritoras mexicanas más reconocidas a nivel nacional e internacional.

La escritora rehuyó las clasificaciones de indigenismo y feminista, pues su literatura abordaba ambas temáticas sin apegarse a un programa de ideas específico y sin idealizar a los personajes[1]

Se graduó de maestra en filosofía en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) en 1950 y más tarde en la Universidad de Madrid llevó cursos de estética y estilística. Posteriormente se inició en la literatura como poeta, pero su primer libro fue una novela: “Balún Caná” que junto con “Ciudad Real”, su primer libro de cuentos y “Oficio de Tinieblas”, su segunda novela, firman la trilogía indigenista más importante en la narrativa mexicana[2].

Respecto a esta gran escritora, es prudente resaltar que, fue la primera feminista descarada entre las escritoras mexicanas que con un vigor y precisión intelectual aunada con una sensualidad se convirtió en una de las primeras mujeres, que a través de la escritura, se hizo visible dentro de la cultura machista[3].

El último cargo público que Rosario Castellanos ostentó fue el de embajadora de México en Israel. En la ceremonia donde fue nombrada, el 15 de febrero de 1971, Rosario pronunció un discurso que podría ser el punto de partida del feminismo en México, su propio cambio de actitud fue radical”[4].

Obras como “Balún Canán”, “Oficio de tinieblas”, “Álbum de familia” o “Poesía no eres tú” son indispensables en la literatura mexicana, pues dan cuenta de dos aspectos que hasta entonces no habían sido tratados literariamente o se habían trabajado con una perspectiva sesgada: la mujer y lo indígena[5].

Fragmento de Balún – Canán[6].

MI NANA me lleva de la mano por la calle. Las aceras son de lajas, pulidas, resbaladizas. Y lo demás de piedra. Piedras pequeñas que se agrupan como los pétalos en la flor. Entre sus junturas crece hierba menuda que los indios arrancan con la punta de sus machetes. Hay carretas arrastradas por bueyes soñolientos; hay potros que sacan chispas con los cascos. Y caballos viejos a los que amarran de los postes con una soga. Se están ahí el día entero, cabizbajos, moviendo tristemente las orejas. Acabamos de pasar cerca de uno.

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