“ La entrada triunfal de Benito Juárez a la Ciudad de México, el
15 de julio de 1867, significó la victoria definitiva
del pensamiento liberal y del proyecto de una República donde
privaría el principio de igualdad ante la ley.”

Alejandro Rosas
Historiador

El 15 de julio se conmemora la entrada triunfal de Benito Juárez a la Ciudad de México, hecho que significó la victoria definitiva del pensamiento liberal y del proyecto de una República donde privaría el principio de igualdad ante la ley[1].

Después de cuatro años de lucha contra la intervención francesa, y después del fusilamiento del emperador Maximiliano de Habsburgo, fueron derrotados los últimos reductos de los conservadores y la ciudad de México fue retomada, Juárez decidió reasentar el gobierno en la capital del país, arribando el 15 de julio de 1867[2].

El momento de la entrada triunfal de Juárez fue de júbilo, apoteósico: era una victoria que quizá nadie esperaba. Al fusilar a Maximiliano, los liberales demostraron un elemento fundamental: México demostró, no era terreno fértil para ambiciosos. Al subrayar nuestra soberanía durante el evento de la victoria de la Reforma, Juárez también dijo la famosa frase: “Entre los individuos como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz” [3].

En esa ocasión, los periódicos liberales El Siglo diez y nueve y El País volvieron a circular y describieron la entrada triunfal del Gobierno juarista por las calles capitalinas, y el homenaje con flores del pueblo mexicano. El desfile del Preside Juárez y su reducido gabinete constituido por Sebastián Lerdo de Tejada, José María Iglesias e Ignacio Mejía, había iniciado a las nueve de la mañana. En un carruaje abierto, avanzaron por la calzada de Chapultepec, y siguieron por el Paseo Nuevo de Bucareli. Más adelante, la autoridad civil encabezada por el jefe político Juan José Baz y el Consejo Municipal provisional, presidido por Antonio Martínez de Castro, lo saludaron. Benito Juárez respondió a sus discursos y dijo:

Tengo la convicción de no haber más que llenado los deberes de cualquier ciudadano que hubiera estado en mi puesto al ser agredida la Nación por un ejército extranjero. Cumplía a mi deber resistir sin descanso hasta salvar las instituciones y la independencia que el pueblo mexicano había confiado a mi custodia[4].

 

Así su carácter, honesto, sencillo, congruente, ajeno a todo encumbramiento de su persona.