“No me tengas lástima, sé que es mi último día, mi ultima comida y por eso tengo que disfrutarla; mañana ya no estaré aquí; creo que eso es lo mejor, ya estoy viejo y pronto mis achaques se van a comenzar a manifestar, prefiero morir así que en una cama de hospital.”

Miguel Hidalgo y Costilla
Revolucionario

Miguel Hidalgo y Costilla Gallaga nació el 8 de mayo de 1753 en la hacienda de San Diego de Corralejo, Pénjamo, Guanajuato[1]. Con ese nombre lo conocemos y reconocemos como insurgente, pero bautizado con muchos otros, cualquier curioso puede encontrarlo si lo busca. Entregó el final de su vida a la causa de la Independencia nacional.

El 30 de julio de 1811 Miguel Hidalgo fue fusilado en Chihuahua. Después de las derrotas insurgentes en Aculco y Guanajuato, para el cura de Dolores y su tropa llegó el desastre de la batalla del Puente de Calderón, cerca de Guadalajara, Jalisco, el 17 de enero de 1811. Este triunfo realista, más la deserción de muchos combatientes, fue causa de la decisión de los caudillos de marchar hacia el norte para buscar ayuda en los Estados Unidos. Nunca pudieron llegar: perseguidos, acosados por las tropas realistas de Félix María Callejas, los jefes insurgentes Miguel Hidalgo, Ignacio Allende, Juan Aldama, Mariano Jiménez y Mariano Abasolo fueron hechos prisioneros en las Norias de Baján, Coahuila, por el coronel Ignacio Elizondo[2].

Los ilustres prisioneros fueron conducidos hasta Monclova y, después, a Chihuahua. Ahí, se les formó causa de infidencia. Fueron fusilados por la espalda, como traidores, Allende, Aldama y Jiménez, el 26 de junio de 1811. A Hidalgo se le sentenció a morir el 26 de julio, pero la ejecución fue aplazada porque primero se le tuvo que despojar de su carácter sacerdotal[3].

El denigrante proceso comenzó el 29 de julio a las 6 de la mañana en el corredor del Hospital Real de Chihuahua. Los encargados fueron el comisionado Francisco Fernández Valentín; el cura de Chihuahua, José Mateo Sánchez Álvarez; fray Juan Francisco García, guardián del convento de San Francisco; fray José Tarrasa; los jueces civiles Manuel Salcedo y Ángel Avella, y fray José María Rojas, notario del acto[4].

Para la ceremonia se puso un altar con un crucifijo en medio de dos cirios encendidos, y se permitió a los lugareños acudir a presenciar el acto. El patio se llenó. Ante esa concurrencia, Hidalgo fue sacado de la celda y llevado al corredor. Ahí le quitaron los grilletes y procedieron a vestirlo con el alzacuello, sotana y ornamentos como si fuese a dar misa. Luego, se le obligó a ponerse de rodillas. El comisionado, en compañía del juez, procedió a informar a los asistentes la causa de la degradación. Después, con un cuchillo raspó las manos y las yemas de los dedos del prócer en señal de despojo de los derechos a tomar la ostia para consagrar[5]. Procedió entonces a cortarle el pelo.

Hidalgo fue entregado al juez civil, quien le leyó la sentencia de muerte y lo hizo arrodillarse de nuevo, notificándole que al día siguiente sería pasado por las armas. Le fueron colocado los grilletes y fue conducido a su celda. La sentencia se cumplió.

Ante el paredón del fusilamiento había un banquillo. Miguel Hidalgo y Costilla lo besó y, estoico, sereno, valiente se sentó frente al pelotón. Por un breve momento discutió con uno de los generales, Miguel Salcedo: tenía la orden de ejecutarlo por la espalda como a un traidor, pero no se lo iba a permitir. No era un traidor. Ante la digna defensa del condenado, el militar aceptó dispararle de frente. No hubo testigos, salvo los ejecutores, le quitaron la vida en privado a las 7 de la mañana. Después, la ignominia: exhibir el cuerpo como castigo ejemplar, denigrarlo aún fallecido. Permanecido expuesto al público como una hora. Lo decapitaron y desmembraron. La cabeza fue a Dolores[6]. La lección implícita, de nada sirvió. Miguel Hidalgo había encendido una mecha libertaria, y ésta ya había sido retomada por otro cura consciente, rebelde y valiente: José María Morelos y Pavón.